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22 de julio…

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de 1843:

Se publica en la prensa el estado de cuentas de la sociedad minera Anglo-Hispana, para común conocimiento de los socios, y del trágico accidente de un minero con su correspondiente ayuda a los familiares:

“El día 8 de julio de 1843 celebró su Junta general de reglamento en la que la Directiva presentó las cuentas de Administración, siendo lo ingresado en la caja: Rs. vu. 77.550 y lo distribuido: Rs. 79.84

Habiendo tenido esta sociedad la desgracia de perder un minero español en el curso de sus trabajos, acordó la Junta general que á la hermana del difunto se le diese un socorro de 160 rs. vu.

La sociedad quedó enterada de que además de haberse ejecutado 466 varas de minados nuevos en regla, poseía una hermosa casa en Cabo de Palos, y un capital considerable en herramientas, tornos, caballo y demás enseres.

Acordó asimismo la sociedad que la Junta directiva ampliase el contrato hecho con los Ingenieros directores hasta la Junta general del año próximo.”

Mapa de las minas en Cabo de Palos a finales del XIX
Mapa de las minas en Cabo de Palos a finales del XIX

de 1914:

“No azares del destino, sino la suerte de no tener ya destino, me permite este año de gracia, que es el sesenta y nueve de mi vida, veranear; y así sin previa autorización oficial y por decreto verbal de mi humilde persona, dí con mis huesos en la perla del Mediterráneo, en esta población tan adelantada, que por adelantarse en todo se adelanta hacia el mar alzándose sobre un cabo, que disfruta tan simbólico nombre que es todo un programa de gobierno.

¡El cabo de Palos!

Es capital de todo el territorio de su nombre y tiene tan buen gusto y aspiraciones tan levantadas que, prescindiendo de municipalerías, es nada menos que diputación y, por lo tanto, todos sus habitantes se pueden considerar como diputados y hasta los transeúntes sentimos que se nos despiertan aquí instintos parlamentarios.

Esto llega al punto de que estamos divididos, y es natural, ¡pues somos españoles! Estamos divididos en mayoría y minoría, y por desgracia me ha tocado á mi la de perder. Me explicaré.

Casi todos los puertos de mar se contentan y se dan mucho tono con disfrutar de una costa. Esta capital, para ser privilegiada en todo, tiene dos; la de levante y la de mediodía, llamada de la Barra.

Mirando á ésta se asienta la parte histórica, los antiguos pobladores, la nobleza, como si dijéramos. Es la parte que cuenta con elementos de vida propios, con marina, con industria, con muelle, con edificios públicos de género civil y religioso y con la barra que dá nombre á esa costa, donde las islas se coronan de espuma. También tiene artísticas rocas y ¡bateleras lindísimas!

Los de levante no disfrutamos de esas maravillas, pero desde el interior de nuestras casas dominamos ¡ambos mares! El mar Menor y el mar Mayor, con extendidísimo horizonte amenizado por varias islas, algunas  de ellas tan históricas (historia murciana por supuesto) como la Isla Grosa y el Farallón.

Además nuestra playa resulta más amena que la del Sud, por ser más variadas. En ésta el paseante sólo pisa arena y más arena, que fatiga porque los pies se hunden más que fuere de desear, mientras que en la nuestra alternan con las blandas arenas las denominadas con el nombre acaso poco poético, pero sin duda muy sugestivo de amoladeras, y así, si en unos trozos el pie penetra en la arena, en otros las puntas de las rocas penetran en el pie, y ¡váyase lo uno por lo otro!

Para no cansarle, doy fin, señor Director, enviándole algo mejor que recuerdos, unos cuantos metros cúbicos de la brisa que desde mi llegada no cesa de acariciarme. ¡Vaya un capricho! Y además le prometo seguir refiriendo las maravillas de este simpatiquísimo rincón de España.

            El Viejo Forestal”

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Redacción de La Voz de La Manga.

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